septiembre 23, 2006
El amor es tan bueno como el soma
Por Héctor Daniel Pérez Aguilera
¡Oh, esa mano a cuyo lado son los blancos tinta, cuyos propios reproches escribe; ante cuyo suave tacto parece áspero el pulmón de los cisnes!
W. Shakespeare
Ambicioso resulta pensar que podemos encapsular las sensaciones que ofrece el mundo objetivo, en un medio químico, ambiente idóneo si se trata de desmitificar lo que sentimos. Ambicioso resulta imaginar al amor, el sólo pensar en ello. La sustancia de nuestros llamados (una palabra que cuesta evocar) sentimientos no es otra que una configuración de cadenas de aminoácidos, de flores envueltas en ramos péptidos hippies volando en nuestro torrente sanguíneo, desmoronando su extática belleza desde el hipotálamo hasta la punta del pie… y ¡haciéndonos creer en que podemos ser mejores personas! ¿Mucho peor? ¡Por alguien más! ¡No por honesta iniciativa! (Risas)
¡Cuán maravilloso es el mundo objetivo como para aderezarlo con insensatez! ¡Con nuestros fantasmas sensibles! ¡Con nuestro afán de antropomorfizar todo aquello que en esencia no es humano! Pensar que los corazones que laten aprisa es una muestra irrefutable de que sentimos (otra vez esa palabra) amor por alguien que no es uno mismo (el amor hacia uno mismo es también cursi, pero más sensato) cuando en realidad la emoción que provoca tal efecto cardiaco puede llevarnos derechito al campo santo. ¡Oh agresión al cuerpo! ¡Oh bello sacrificio! ¡Oh poesía sensorial mejor armada de latidos mortíferos!
Los llamados cocineros (oficio poco ponderado, pero mejor remunerado) debieran ser los que ocupen los lugares de los cupidos (oficio idiota de creación mítica, es decir, no verdadera), una vez que los que lo hacen ahora, dejen vacante su puesto, a raíz de comprender que el amor como fenómeno químico es trabajo de los verdaderos expertos (1), y no de angelitos con alas en sus nalgas rosadas. Por ello, poner nuestros ojos en tan relevante ocupación, la de los cocineros, aquellos configuradotes de sueños, artífices de las sensaciones verdaderas y cuantificables, es poner nuestra mirada en concepto más romántico que los chocolates con forma de corazón.
Es necesario aceptar que el chocolate de por si, es un vehículo de sustancias que promueven nuestra endorfinesca alegría, o en palabras de Huxley (un tipo decididamente más ambicioso que yo) que promueve nuestra somática felicidad. Y es que de drogas legales hay variedad, pero el problema para encontrar el amor, no es que sepamos recitar un buen poema en medio de una noche perfecta, o que podamos hacer cosas imposibles por el ser amado, como rebajar unos kilitos o hacernos el facial (en el peor de los casos, intervención quirúrgico-estético-facial) invitar al cine, o conseguir el Hot Wheels de sus sueños, sino que no podamos sacrificar un poco la lucidez del pensamiento, es decir, ser tan ambicioso como para creer que en nuestros cinco sentidos podemos enamorarnos de otro ser humano ¡Por el amor de Ford, cuán engañados viven esos salvajes! (2)
El sólo hecho de la reproducción como pretexto es más certero para acercarnos a un ente de sexo opuesto, o similar, no importa, de gustibus non disputandum, pero el siquiera imaginar una vida juntos, o una noche juntos (más objetivo) es una tarea de la enajenación explícita y manifiesta (con la cara de baboso). Para alcanzar metas de compatibilidad física, sexual y emocional, es necesario estar fuera de sí, de esta manera el sentimiento no se considera tal, sino el ser medio conciente que puede ordenar a su organismo saturar de neurotransmisores un cerebro con intenciones de placer y en un sentido subyacente (término que concedo al estar hablando del tema) de amor.
Por ello, la ingeniería de las sensaciones es tan importante para la sociedad contemporánea, que vive y convive entre sustancias: ¡Vamos por unas chelas! ¿Te tomaste la píldora? ¡Nos vemos en el café! ¡Terrible cruda, ayer le revolví ! ¡Un Alka-seltzer en Sprite y ya está! ¡Yo no fumo mentolados, pero pásame un tafo de los fuertes! ¡Yo no me inyectaría… es mejor inhalar! ¡Oh querido Aldous, si pudieras estar aquí!
La idea de un soma (3) que puede consumirse legalmente por todos los miembros de una sociedad, una droga única, medicina para el alma, sin resacas ni efectos secundarios inmediatos, sino a largo plazo (modalidad preferida por las mayorías, tanto para pagar una estufa, como para deteriorar su vida envenenada de conservadores y de transgénica dulzura) es casi alcanzada por esos valientes ingenieros que, a pesar de buscar una panacea, son perseguidos e interrumpidos en su importante labor ¡Qué pasa si por culpa de algún obtuso operativo el verdadero y potencial amor es saboteado por ignorancia, por falta de visión!
Triste humanidad, condenada a seguir por el camino de la introvertida y fugaz felicidad, imposibilitada por sí misma para descubrir que sus llamados sentimientos podrían estar ya configurándose perfectos con sólo tomar unas cuantas dosis, inocuas, indiferentes, pero tremendamente significativas de ese soma que todavía no se descubre. Al igual que Verne plantea el submarino de Nemo (but not the yellow one) y el fax en el París del futuro, Huxley nos susurra que la felicidad se encuentra en un recurso tan socialmente válido y políticamente correcto… ¡oh triste y paradigmática humanidad!
Es una cuestión de enfoque, podemos llevar a buen término obras de arte y de la cultura popular enteramente dedicadas al amor, pero ello dejaría ocupado el lugar de la verdadera propuesta temática que nos distinga como época, consideremos que la expresión más común (estadísticamente) empleada en los productos de la cultura popular es, presumiblemente, una expresión de amor, como el famosísimo y ultramencionado “Te amo” y que la sensación producida por algún desatino musical o aberración cinematográfica es bien recibida por un semi-enajenado espectador, que si se encuentra en estado de embriaguez química (enamorado) llora a la menor provocación, un llanto que ni siquiera él mismo comprende y que en neandertal raciocinio atribuye a algún “ser amado” o a algún “recuerdo de amor”. (Risas)
¡Basta! …el sentimiento hacia mis similares en especie ha llegado, he sido presa de mis propios argumentos y mientras escribo esto, siento como si un filoso cuchillo se adentrara cálidamente en mi pecho, sensación… incómoda… ¡arghh! …necesito un poco de soma.
Observando lo ejemplificado y una vez expuesto el punto (¡uff! qué erótica mi litebasura) lleguemos a un acuerdo, hagamos una re-estructuración necesaria y urgente. Ése nuevo pacto social que tanto necesita México, lo llevaremos a cabo primero en el seno de lo social, (porque político… bueno ya se ha dicho mucho en este tenor) abrecémonos en un setentero afán de paz y libertad sexual, desterremos para siempre la clavadez y la cursilería. Está comprobado que un ser poco productivo es aquél que permite tales intromisiones en su mente, tales desviados y erráticos pensamientos… si la sociedad ha dado de sí, pues amemos como hemos amado hasta ahora, en cambio, si la sociedad persiste en una nueva figura, con nuevo esqueleto, enajenemos nuestra realidad, tomando unas vacaciones en el paraíso químico, regresando justo a tiempo para la hora de amar y coger animalescamente en feliz coito espiritual.
Financiemos la búsqueda científica del soma, permitamos en nuestro envenenamiento cotidiano un cualitativo salto en cuanto a las sensaciones se refiere y cuidemos aguerridamente el cuerpo para destinarlo al placer y no a nosotros mismos, ni al ser amado, sino a ese ser más grande que nosotros, cuyo nombre no puedo ni mencionar, cuyo poder se basa en lo social y en lo divino, y cuya mínima expresión (entiéndase la familia como partícula) de su corpus se fragmenta peligrosamente a causa de mal interpretaciones provocadas por el concepto actual de amor, concepto que guiará nuestro mundo en triste dirección, tan triste como la muerte de Mufasa (amor fraternal), la boda de Robin Hood (amor de los pobres) o la discapacidad de la Sirenita (amor a las piernas y al sex-appeal).
Así, envuelto en un meditabundo semblante, seguiré optando por otras referencias, por nuevas historias, por ejemplos de vida que han mostrado condiciones extremas de amor verdadero (la mayor de las veces trágico y payaso), no para imitarlas o evocarlas, sino para comprender un poco, la relación entre los hombres (me refiero a la especie) y su eterna búsqueda por la felicidad, una odisea literaria, anímica, pragmática y endulzada (mejor dicho edulcorada) con escritura febril y de poco valor estético, con frases hechas y lugares comunes hipnopédicamente inculcados por ese chivo expiatorio electrónico de la tv-horario-prime-time, o con sintéticas voces de un piano rítmico en un antro etéreo (por aquello de los hielos), o de orgánica falsedad en molestas serenatas, que por culto a un concepto ambiguo y muy mejicano, se llevan a cabo, muy a pesar de aquellos que no aman así.
1.- Se conoce como cocineros a aquellos inovadores fabricantes de cocaína y otros derivados.
2.- Aldous Huxley en su “Mundo Feliz” llamaba “Ford” a un ídolo divino de la más alta jerarquía, tal vez aludiendo al proceso de ensamblaje en una banda rotativa que marcó la diferencia en la revolución industrial.
3.- En el mismo libro de Huxley se habla de una droga legal llamada “Soma”, ingerida por todos por igual en raciones equitativas para mantener lejos pensamientos que no fortalecieran a dicha sociedad, asegurando con ello la paz y la estabilidad social.
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